COMO HABLAS CON TU DOLOR IMPORTA

Para cualquier dolor, sin importar el nombre que tenga —fibromialgia, endometriosis, cistitis intersticial, vulvodinia, infecciones recurrentes, o algún tipo de neuralgia—, esto te interesa.

El diagnóstico que se convierte en sentencia

He escuchado a personas decir que la enfermedad es una lucha. La manera como hablas de ese dolor se refleja inmediatamente en cómo lo vives, y además se acentúa más: si el diagnóstico cumple una función, los síntomas simplemente sobreviven. Si ves la vida como una batalla, entonces la enfermedad estará ahí para reforzar esa creencia.

Por eso, en mis consultas siempre pregunto: ¿qué piensas de tu enfermedad? Y en esa respuesta están todos los sentimientos que representan el bloqueo físico, ese para el cual el síntoma no tiene otra forma de seguir existiendo.

Mi propia experiencia con el dolor

Te lo digo y te lo cuento porque yo he sentido dolor físico. Aceptarlo me tomó tiempo, pero finalmente comprendí que el dolor se alimenta de todos los pensamientos de dolor, pesadumbre, sufrimiento y lucha. Por eso tuve que hacer un cambio profundo, un cambio de consciencia total, en cada minuto de mi día a día.

Separar el dolor de tu identidad

Sé que lo primero que viene a tu mente cuando lees este artículo posiblemente sea: «pues mi dolor es una mierda». Lo he escuchado en consulta muchísimas veces; yo también pensé eso de «ese dolor». Pero precisamente tuve que hacer este trabajo de defusión cognitiva: empezar a separar «ese dolor», «esa enfermedad», de mi identidad, pues yo no soy ese dolor, no soy esa enfermedad.

Esto genera una disociación que te devuelve el poder, que te devuelve la capacidad de hacer algo para enfrentar ese «monstruo» que parece aparecer para molestarte la vida. Pero cuando lo separas, algo se transforma: «ya no tengo una enfermedad», «estoy teniendo una experiencia con una enfermedad». En este sentido, esa enfermedad está aquí para ser experimentada, para ser vivida, pero la manera en que resultará la experiencia también depende de cómo hables de ella.

No te digo que ahora hables diciendo que es lo mejor que te ha pasado, porque no es lo mejor que te ha pasado, no es ni siquiera algo lindo: es una experiencia realmente incómoda, y está bien expresar tu rabia. Pero no te quedes ahí.

Aprende a simplificar el diagnóstico

Aprende a simplificar el diagnóstico, porque ese diagnóstico es toda una programación de datos que condiciona tu conducta y tu vida. Sé más que el diagnóstico, simplifica los términos. Si bien el diagnóstico nos sirve para tener un mapa del tratamiento, quedarte en la patologización del síntoma implicaría quedarte en una sentencia de vida miserable.

Habla con tu síntoma

Aprende a hablar con el síntoma que se está proyectando. En algunas personas se llama dolor; en otras, pesadez, ardor, presión, ahogo. ¿Cómo le llamas tú? Date cuenta de cómo es, de dónde está, qué es lo que protege.

Porque, si así es, ese dolor está ahí para cumplir una función. Tengas o no un daño en tu cuerpo, el dolor te protege porque tu mente ha leído amenaza y peligro: en ti, en tu cuerpo, en tu ambiente. Así que no dudes en saber que en ti está la sabiduría para modificar esta sintonía, esta relación con tus síntomas. Entre menos les temas, más fácil pueden irse, más fácil pueden minimizarse o revertirse, tal cual lo menciona la neurociencia actual y la educación en dolor.

La educación en dolor es lo que te permite comprender que hay formas de devolverle la seguridad a tu sistema. Siempre les insisto a mis pacientes en que parte de su recuperación consiste en lo que aprenden, en la información que consumen, en el amor que sintonizan para cada una de sus células.

Si estás aquí, ya sabes qué hacer: habla con el dolor distinto. Cuéntale al dolor lo que pasa, no le preguntes por qué. Solo háblale de lo que sientes, dale espacio, siéntelo, reposa en él, obsérvalo, sé curiosa, escucha y presencia.

 

Con amor

Julie

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