¿Cómo saber si tus síntomas son un síndrome mente-cuerpo?

¿Has pasado por mil exámenes, mil especialistas, y nadie encuentra una causa clara para lo que sientes? ¿O sí encontraron «algo», pero ese hallazgo no explica del todo la intensidad de tu dolor? Quizás lo que tienes no es un misterio sin solución: es lo que la ciencia hoy llama **dolor neuroplástico**, o **síndrome mente-cuerpo**. 

Este artículo está armado con base en las investigaciones de Alan Gordon creador de la Terapia de Reprocesamiento del Dolor (PRT), y de Encarna Espunya, fisioterapeuta y creadora de la Terapia de Reversión del Dolor (TRD) en España. Ambos parten de la misma idea: el dolor no siempre es un reflejo de daño en el tejido, a veces es una alarma que el cerebro activó, aprendió, y no ha sabido apagar.

¿Qué es el dolor neuroplástico?

El cerebro genera dolor cuando interpreta que hay una amenaza, exista o no un daño real en el cuerpo. Esa interpretación se construye con base en aprendizajes previos, emociones, miedo y contexto. Cuando esa «alarma» se queda encendida más tiempo del necesario, el dolor se vuelve crónico, aunque el tejido ya esté sano.

Diversas investigaciones citadas por Gordon estiman que alrededor del 85% de las personas con dolor crónico de espalda no presentan un daño estructural que explique la intensidad de su dolor. Y este patrón se repite en migrañas, fibromialgia, dolor pélvico, problemas digestivos y muchas otras condiciones.

Encarna Espunya suele recordar que en 2020 la Asociación Internacional para el Estudio del Dolor (IASP) actualizó su definición oficial: el dolor pasó a entenderse como una experiencia sensorial y emocional, no solo física. Esto respalda científicamente algo que muchas personas con dolor crónico ya intuían: las emociones y el dolor están profundamente conectados.

Indicadores que sugieren que podrías tener un síndrome mente-cuerpo

Identifica cuáles de estos puntos resuenan contigo. Entre más casillas reconozcas en tu historia, más probable es que este modelo de tratamiento pueda ayudarte:

– Mi dolor comenzó durante o después de una etapa de mucho estrés, un cambio de vida importante, o un evento emocionalmente intenso.

– Los exámenes médicos no muestran un daño que justifique la intensidad del dolor que siento.

– El dolor se mueve, cambia de lugar, o aparecen síntomas nuevos en otras partes del cuerpo.

– La intensidad del dolor varía según mi estado de ánimo, mi nivel de estrés o el contexto en el que estoy, y no solo según el esfuerzo físico.

– Tengo, o he tenido, más de un síntoma «sin explicación clara»: colon irritable, migrañas, fatiga, vejiga sensible, dolor pélvico, fibromialgia, mareos.

– Cuando estoy distraída, de vacaciones, o en un momento de alegría plena, el dolor disminuye o desaparece, aunque sea por momentos.

– El dolor empeora cuando pienso en él, cuando lo anticipo, o cuando me preocupo por que vuelva a aparecer.

– Tengo una historia personal marcada por el perfeccionismo, la autoexigencia, la autocrítica fuerte, o la tendencia a complacer y cuidar a otros antes que a mí misma.

– Viví situaciones difíciles en la infancia o adolescencia: conflictos familiares, pérdidas, ambientes de tensión o inseguridad.

– Los tratamientos dirigidos solo al cuerpo (medicación, intervenciones, terapias físicas) han dado alivios parciales o temporales, pero el síntoma siempre vuelve.

– Siento miedo o ansiedad ante la posibilidad de moverme, hacer ciertas actividades, o «dañarme más», incluso cuando los médicos dicen que mi cuerpo está bien.

Si marcaste varios de estos puntos, no significa que tu dolor sea menos real. Significa que probablemente tu sistema nervioso aprendió un patrón de alarma que se puede desaprender.

Lo que muestra la evidencia científica

El ensayo clínico más citado en este campo es el de Ashar y colaboradores (2021), publicado en *JAMA Psychiatry*, en el que compararon la Terapia de Reprocesamiento del Dolor con un placebo y con la atención médica habitual en personas con dolor crónico de espalda. Los resultados fueron contundentes: dos de cada tres participantes que recibieron PRT terminaron el tratamiento sin dolor o casi sin dolor, frente a un grupo mucho menor en los otros dos grupos. Y lo más importante: ese alivio se mantuvo un año después. Además, las resonancias mostraron cambios reales en las zonas del cerebro relacionadas con el procesamiento del dolor.

Encarna Espunya, por su parte, lleva más de cuatro décadas trabajando con dolor crónico, formada junto a referentes como Howard Schubiner, David Hanscom y David Clark, e integrando la neurociencia del dolor (con investigadores como Lorimer Moseley) dentro de su propio modelo, la TRD. Su trabajo en España ha ayudado a difundir esta mirada en el mundo hispanohablante.

 

 No estás inventando nada

Si te reconociste en varios de los puntos anteriores, quiero que tengas algo claro: tu dolor es real. Nadie te está diciendo que «está en tu cabeza» en el sentido en que tememos escucharlo. Lo que la ciencia confirma es que el cerebro puede generar dolor genuino como respuesta a una amenaza percibida, y que ese mismo cerebro tiene la capacidad de aprender una nueva respuesta.

Si llegaste hasta aquí y este modelo resuena contigo, no te quedes solo con la información: da el primer paso, ve a la sección de CAMINOS y empieza a explorar que es lo que deseas para ti en este momento, mi acompañamiento esta disponible para tu servicio.

 

Con amor

Julie

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