Durante años viví síntomas persistentes, dolor pélvico y una sensación constante de desconexión. Como muchas mujeres, intenté sostener, adaptarme y seguir adelante, aunque por dentro algo no estaba bien.
Hasta que entendí algo que lo cambió todo: el problema no era solo el síntoma, era la forma en la que me estaba relacionando conmigo.
Ahí comenzó mi proceso. Un camino profundo donde tuve que detenerme, sentir, cuestionar mis patrones y mis miedos para aprender a construir una relación distinta con mi cuerpo. No fue inmediato ni lineal, pero fue transformador.